El estudiante, en cuanto ser humano, es una realidad indivisible y multidimensional. Sus dimensiones más perceptibles son: el saber, el querer y el hacer. Estas dimensiones vienen dando tumbo desde las milenarias ontologías de oriente y occidente. Por ejemplo, Platón distinguía tres aspectos del ser humano (= espíritu o alma), bien como individuo o como ente social (sociedad): el saber (noús, logos), el poder-querer (Thymós), y el desear (Epithymía). La tarea del docente se definirá como una educación en virtudes, principalmente en aquellas que plenifican los tres aspectos o partes del ser humano: sabiduría, prudencia, valor, fortaleza y templanza. Total, nada.

Cuando en la modernidad hablamos de los tres aspectos del saber, querer y poder, los cuales se apuntalan en el SER, se coronan en el HACER y traen por añadidura el TENER (Para tener, es necesario primero hacer, y para hacer es necesario primero ser -Steven Covey), nos estamos refiriendo a los componentes de las famosas COMPETENCIAS.
La educación siempre ha dado un tratamiento diferente a estas tres dimensiones, resaltando unas y olvidándose de otras en cada época. De la dimensión que nunca se ha desprendido la educación tradicional es la del saber, el “saber cosas”; es decir, conocimiento, texto y contexto, comprendido en la academia como contenido. El texto se apoya en el contesto. Mientras el texto puede ser compartido por varios sujetos, el contexto (contexto social, cultural, etc. del emisor y receptor, las circunstancias que acompañan al emisor cuando crea y al receptor cuando recibe) se establece en la mente de los hablantes como una representación cognitiva, y en parte subjetiva, de la realidad en que viven, afectando la interpretación del texto.
Para que el futuro ciudadano y profesional desarrolle las Buenas Prácticas, es decir, los comportamientos observables asociados a una competencia (hacer), es necesaria la presencia conjunta de los cinco componentes de la competencia: saber (conocimiento crítico, crear conocimiento, autoaprendizaje, cultura, idiomas, informarse, interpretar, expresarse); saber hacer (habilidades: resolver problemas, creatividad); saber ser (actitudes, valores, creencias, prácticas personales, autoestima, control emotivo, autoconocimiento, curioso), saber convivir (comunicarse, adaptarse, respeto, sociabilidad, cooperación, solidaridad); querer hacer (motivación, iniciativa, persistencia) y poder hacer (aptitud profesional y medios).

El conocimiento como contenido (de 0 al 15% del tiempo en la sala de clase)
Dijimos que podríamos utilizar la sala de clase, no para informarse, transmitir información o “enseñar cosas”, sino para “dar cuenta” (revisar, verificar, evaluar) del:
El entorno de la sala de clase no es el mejor para cumplir con el objetivo de Saber hacer. No obstante, podemos virar la educación al revés si ponemos a los niños a Hacer cosas en la sala de clase.
El espacio más idóneo para estos dos saberes, el saber a secas y el saber hacer son los espacios virtuales y los extraescolares.
Para el Poder hacer, será necesario ubicarse extramuros, más allá de la sala de clases.
El conocimiento de contenido pedagógico y tecnológico, a excepción de las destrezas de básicas de los primeros años (saber leer, escribir, y aplicar las operaciones matemáticas básicas -suma, resta, multiplicación, división- por aquello de que lo que lo que no se aprende en los primeros grados se queda sin saber), puede ser adquirido de forma eficiente fuera de la sala de clase.
El estudiante como contenido (de 85 al 100% del tiempo en la sala de clase)
Siempre que tengo la oportunidad traigo a colación la respuesta que dio André Malraux, Ministro de Cultura del gobierno de De Gaulle (Francia), allá por la década del 60, cuando se estaba incubando el movimiento de la desescolarización.

Cuando en la modernidad hablamos de los tres aspectos del saber, querer y poder, los cuales se apuntalan en el SER, se coronan en el HACER y traen por añadidura el TENER (Para tener, es necesario primero hacer, y para hacer es necesario primero ser -Steven Covey), nos estamos refiriendo a los componentes de las famosas COMPETENCIAS.
La educación siempre ha dado un tratamiento diferente a estas tres dimensiones, resaltando unas y olvidándose de otras en cada época. De la dimensión que nunca se ha desprendido la educación tradicional es la del saber, el “saber cosas”; es decir, conocimiento, texto y contexto, comprendido en la academia como contenido. El texto se apoya en el contesto. Mientras el texto puede ser compartido por varios sujetos, el contexto (contexto social, cultural, etc. del emisor y receptor, las circunstancias que acompañan al emisor cuando crea y al receptor cuando recibe) se establece en la mente de los hablantes como una representación cognitiva, y en parte subjetiva, de la realidad en que viven, afectando la interpretación del texto.
Para que el futuro ciudadano y profesional desarrolle las Buenas Prácticas, es decir, los comportamientos observables asociados a una competencia (hacer), es necesaria la presencia conjunta de los cinco componentes de la competencia: saber (conocimiento crítico, crear conocimiento, autoaprendizaje, cultura, idiomas, informarse, interpretar, expresarse); saber hacer (habilidades: resolver problemas, creatividad); saber ser (actitudes, valores, creencias, prácticas personales, autoestima, control emotivo, autoconocimiento, curioso), saber convivir (comunicarse, adaptarse, respeto, sociabilidad, cooperación, solidaridad); querer hacer (motivación, iniciativa, persistencia) y poder hacer (aptitud profesional y medios).

El conocimiento como contenido (de 0 al 15% del tiempo en la sala de clase)
Dijimos que podríamos utilizar la sala de clase, no para informarse, transmitir información o “enseñar cosas”, sino para “dar cuenta” (revisar, verificar, evaluar) del:
- Saber (cosas).
- Saber hacer (hacer cosas).
- Poder hacer cosas (aptitud profesional y medios).
El entorno de la sala de clase no es el mejor para cumplir con el objetivo de Saber hacer. No obstante, podemos virar la educación al revés si ponemos a los niños a Hacer cosas en la sala de clase.
El espacio más idóneo para estos dos saberes, el saber a secas y el saber hacer son los espacios virtuales y los extraescolares.
Para el Poder hacer, será necesario ubicarse extramuros, más allá de la sala de clases.
El conocimiento de contenido pedagógico y tecnológico, a excepción de las destrezas de básicas de los primeros años (saber leer, escribir, y aplicar las operaciones matemáticas básicas -suma, resta, multiplicación, división- por aquello de que lo que lo que no se aprende en los primeros grados se queda sin saber), puede ser adquirido de forma eficiente fuera de la sala de clase.
El conocimiento tecnológico de contenido pedagógico (Tomado de http://www.tpck.org/)
La sala de clase tampoco es el mejor entorno para las Buenas Prácticas (comportamientos observables) asociadas a las competencias, así como las Evidencias o criterios de verificación para determinar la presencia de las buenas prácticas. No podemos decir lo mismo respecto a las Pruebas, instrumentos de medición y evaluación que determinan el cumplimiento de las evidencias de cada buena práctica integrada en una competencia profesional.
- Saber ser (actitudes, valores –¿dónde está la ética ecológica y global? –, creencias, prácticas personales, autoestima, control emotivo, autoconocimiento, curioso).
- Saber convivir (comunicarse, adaptarse, respeto, sociabilidad, cooperación, solidaridad).
- Querer hacer (motivación, iniciativa, persistencia, “ganas”).
Siempre que tengo la oportunidad traigo a colación la respuesta que dio André Malraux, Ministro de Cultura del gobierno de De Gaulle (Francia), allá por la década del 60, cuando se estaba incubando el movimiento de la desescolarización.
--"Señor ministro, en el año 2000, ¿será necesaria la escuela?". A lo que contestó: --"Sí y no: Si la escuela es el lugar que convoca a los niños y adolescentes para instruirles y darles datos sobre distintas materias, es probable que en el año 2000, se haya encontrado un sistema más eficiente y económico. Pero si la escuela es la prolongación de la familia, donde los educadores forman a los niños en los valores que les preparen para la vida y les hagan más personas, en el año 2000, la escuela será más necesaria que hoy". |






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